El nombre de la rosa

Búsqueda de patrones, desorden y caos

387 palabras

Contiene spoiler.

Al final del libro, El nombre de la rosa, Adso de Melk, se desvía de su ruta para visitar aquella abadía del crimen en la que permaneció siete días cuando era un joven novicio. Al llegar descubre que apenas quedan las ruinas de paredes negruzcas por el fuego que la consumió, y piedras cubiertas de musgo.

Pero, cuando se interna en los recovecos de las ruinas, descubre que todavía quedan restos y fragmentos dispersos de lo que, en otra vida, fueron libros y magníficas obras de textos sabios y preciosas ilustraciones.

Adso, pone su empeño en recoger estos legajos ilegibles, “muñones de libros” que deambulan como fantasmas en la que, antaño, fue —como dijo su sabio mentor, Guillermo de Baskerville— la mayor biblioteca de la cristiandad.

Durante años, Adso se entrega a la tarea de reconocer a qué libros corresponden cada uno de los fragmentos que ha encontrado y, a medida que descubre el nombre, busca el libro para crear su propia biblioteca particular. Cuando completa su obra, llega a una descorazonadora conclusión:

«…cuanto más releo esta lista, más me convenzo de que es producto del azar y no contiene mensaje alguno».

Sin embargo, en ese momento, Adso, es menos necio que cuando era un simple novicio, pero los seres humanos no acostumbramos a pensar con esta lucidez. Al contrario que Adso, no creemos en el mero azar, vemos patrones dónde, en realidad, hay desorden.

Lo que hacemos casi todos, menos Adso o Guillermo de Baskerville es, primero, buscar un patrón en este índice de libros y luego, con toda probabilidad, encontrarlo. Pero no hallaríamos una señal, un mensaje inequívoco y verdadero que obedeciera a un plan profundo preestablecido por un orden superior. Encontraríamos un patrón creado de manera ilusoria por nuestros sesgos y motivaciones. Es decir, encontraríamos en estos pobres papeles dispersos por el viento, un orden acorde a nosotros mismos; creado por nuestras necesidades y la propia obligación de mantener a toda costa nuestra identidad.

Y si esto lo hicieran mil personas diferentes, hallarían mil respuestas diferentes. Sólo Adso, o Guillermo de Baskerville, verían que, en realidad, no hay ningún orden; que todo es caos. Que no hay más patrón que el que cada uno se empeña en encontrar.

Por que, quien busca, encuentra. Y, casi siempre, encontramos, «casualmente», lo que necesitamos encontrar.

«El diablo no es el príncipe de la mentira, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda».

Guillermo de Baskerville.