¡No discutas con idiotas!

Principio de asimetría de la estupidez

398 palabras

Dar consejos es de pedestalistas —personas que hablan como si estuvieran subidas en un pedestal y que dan ganas de bajarlas de ahí a golpes—. A pesar de ello te doy un consejo con todo el cariño del mundo y espero poder perdonarme por ello:

Por favor, por lo que más quieras, porfaplisrecubiertodenata —como diría Guybrush Threepwood—: ¡NO DISCUTAS CON IDIOTAS!

Discutir no sirve para nada. Nadie cambia de opinión (ni siquiera tú o yo). Sólo algunas personas iluminadas que han alcanzado el nirvana aceptan un buen razonamiento y, si es necesario, cambian de opinión ante nuevas evidencias. Porque a todos nos ciega el sesgo de confirmación: potenciamos lo que confirma nuestras creencias previas y desechamos lo que no.

Y sobre todo, discutir con idiotas agota. Lo explica el principio de asimetría de la estupidez (o ley de Brandolini):

«La cantidad de energía que se necesita para refutar (o corregir) una estupidez, es de magnitud superior a la que se necesita para producir esa misma estupidez».

Decir imbecilidades es muy fácil —sé de lo que hablo, llevo haciéndolo toda la vida—, pero rebatirlas requiere mucha energía y no sirve para nada. Sólo conseguimos alimentar el caudal de gilipolleces que se dicen durante ese absurdo y estéril debate, hasta acabar cansados y enfadados.

Es tentador caer en este error porque es difícil no rebatir una imbecilidad. La vemos ahí delante y queremos demostrar que el otro está equivocado y, lo que es más importante, que tenemos razón. Si caemos en un debate como este, hay una señal inequívoca de que es momento de terminarlo: cuando alguien menciona a Hitler

Es preferible coger nuestra razón guardárnosla y no regalársela a un imbécil. Dar argumentos a estúpidos es darles margaritas a los cerdos.

Una manera de extinguir una conducta, es no reforzarla. La extinción parte del hecho de que si alguien acostumbra a hacer algo (decir imbecilidades) es porque esta conducta está siendo reforzada de algún modo (cuando le hacemos casito). Para extinguir esta conducta, es efectivo que ese refuerzo deje de estar presente (ignorar al imbécil).

Es difícil resistirse a rebatir algo falso o erróneo. A veces es la buena intención la que nos guía para sacar a alguien de un error y no la necesidad de alardear. No importan los motivos, haz caso al libro de Jessica Gómez: “Come chocolate y no discutas con idiotas”.

«No vivas dando tantas explicaciones: tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los estúpidos no las entienden».

Oscar Wilde